quinta-feira, 17 de setembro de 2015

SOBRE “ESE” CAMBIO (change) QUE TODOS PROCURAMOS

SOBRE “ESE” CAMBIO (change) QUE TODOS PROCURAMOS


Queridos amigos, esta es una petición que se sale del formato habitual, sin embargo os la mando porque me parece importante compartirla con todos. Lo que pido a cambio es un contacto con los que estén interesados.

Voy a tratar de lo que a mi modo de ver es un extraordinario “poder” que tenemos para pertrecharnos en el cambio de fase que se avecina. Un poder que es común a todos pero del que nadie habla. Ese es el motivo de esta comunicación a change.org.

Cambio de Fase. ¿Una Nueva Civilización, una especie de mutación de los humanos, transhumanismo…? Así es como ya se está interpretando lo que sucede, y es la información que nos llega desde múltiples registros y escenarios intelectuales. Sin embargo a nivel del hombre de la calle, de una u otra forma, como nunca antes, la incertidumbre nos acosa, yo diría que a todos. Agudísimamente como a esos cientos de miles de refugiados que no saben dónde ir y su vida literalmente es INCERTIDUMBRE ABSOLUTA; a esos millones de parados; a nosotros, españoles o catalanes que queriendo o no, uno a uno, nos adentramos en un nuevo escenario lleno de incertidumbres; a todos, viendo cómo se desvanecen los mitos que han servido de referencia en el pasado y a merced de los poderes económicos, científicos o tecnológicos que diseñan a su entender las coordenadas del futuro. Tenemos más información que nunca y, también, más incertidumbre y desorientación.

Poder. Disponibilidad de recursos para afrontar la incertidumbre. Capacidad individual de encontrar sentido a la existencia en cualquier situación.


Tenemos un poder
Voy a empezar por acercarme a lo que yo llamo “poder”.  A poner de manifiesto como efectivamente tenemos todos un poder que por ahora permanece oculto detrás de lo inmediato, de lo habitual, de la normalidad, sea cual sea nuestra normalidad. Se trata de ver un poco más allá de lo que nos ocupa. Es una explicación premiosa, pero necesaria a mi modo de ver, para evidenciar ese poder que la “normalidad” oculta.

Desde que me conozco, desde niño, en ocasiones sucede que me doy cuenta de mi propia existencia: me percibo existiendo. Me percibo, es decir, caigo en la cuenta de ser lo que percibe, lo único, y que lo que percibo es mi propia existencia, el existir. Quiero que entendáis que no estoy hablando de la percepción habitual de mí mismo la que todos sabemos, ni de solipsismo, sentimiento oceánico, o cualquier tipo de experiencia mística o paranormal. No tendría sentido. Pero sí se trata de una experiencia de mí mismo extraordinariamente singular.
 
Los humanos tenemos la capacidad de percibirnos existiendo. Eso, dicho así a nadie le sorprende, es la experiencia más común, la normal de los que estamos vivos con forma humana.

Es difícil saber si esta facultad está presente y en qué medida en otros seres vivos, no lo pueden contar, pero, yo diría que es – por encima de las demás distinciones que nos hacen únicos en la escala animal - la facultad más llamativa. Es, sin duda, la más sobresaliente. Cada uno de nosotros se percibe como una presencia que acompaña todo lo que sucede estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos. Algo que siempre está, como un fondo; una pantalla en la que se refleja todo lo que “se mueve” alrededor, lo registra y nos hace personas.

Nuestra experiencia de ser es, justamente, la experiencia de lo que nos ha tocado: nuestro cuerpo, distinto; nuestro cerebro que procesa la información que nos llega, distinto; nuestros genes, distintos, que mediatizan esa información; y la parte de lo que existe alrededor, diferente, que condiciona todos nuestros contactos con el exterior: esa persona. En la práctica no somos más y así es como nos percibimos. Parecidos, nos percibimos parecidos a los otros pero afectados por condiciones que pueden ser tremendamente desiguales.

Esa vaga pero permanente presencia, sin entrar en más detalles, es lo que habitualmente percibimos como yo. Y, eso que percibimos como yo, ese conjunto de informaciones cambiante pero determinado en todo momento, lo usamos a todo trance para sobrevivir. Para, en toda y cualquier circunstancia, sacar de ello el máximo provecho posible, la máxima satisfacción personal. Eso también lo hacen el resto de los seres vivos, solo que en nuestro caso ya no es instintivo, se diría que se han roto los lazos con la especie y nuestros actos están dictados por consideraciones mayoritariamente individuales.

Me percibo existiendo como la presencia que en todo momento está siendo afectada y afectando por y al resto de las cosas a su alrededor.

Pero tenemos otra forma de percibirnos existiendo, esa a la que me he referido al principio como un “poder”. Una forma revolucionaria, incomún en el estado actual de los humanos. A esa otra forma de percibirnos existiendo me refiero y voy a señalarla de la forma más expresiva que yo pueda.

Tiene una cierta dificultad. Para salir de la forma normal de percibirnos, y percibirnos de forma extraordinaria, es necesario dar el paso de caer en la cuenta.

Me estoy refiriendo a caer en la cuenta como el mecanismo más prodigioso de que disponemos para progresar, para des-cubrir. Caer en la cuenta se podría decir que es atravesar, sin un proceso sistemático de reflexión, el espacio entre dos significados diferentes de lo que percibes de la misma cosa; aprender a montar en bicicleta, ese momento; distinguir el ruido de un motor que ya formaba parte del ambiente; descubrir un animal, o muchos, en la floresta que pasaría completamente desapercibido… Ese paso, en general envuelve un contexto, un pequeño plus de “inocencia” y a la vez de atención. "Estaba sentado en una silla en la oficina de patentes de Berna cuando de repente se me ocurrió una idea… Einstein.

Abundando en esta cuestión, un buen símil de lo que es el mecanismo de caer en la cuenta son los estereogramas, cuando des-cubres nítidamente la nueva imagen en 3D que se oculta detrás de la primera que aparece a simple vista.

La percepción normal de uno mismo existiendo es continua, es el reflejo de un proceso personal de aprendizaje en el que todo lo que ha sucedido en nuestra presencia, esa información, se ha incorporado a través de nuestro propio filtro para “hacernos” y lleva enganchado, de vuelta, nuestro yo en cualquier circunstancia de percepción en que nos encontremos. En esa situación, con mayor o menor distinción, nos percibimos “sucediendo”, continuamente envueltos, involucrados, en algo de lo que sucede.

La percepción extraordinaria a la que me refiero es discontinua. Es puntual y, significativamente, no está relacionada con lo que me sucede. Es puramente la percepción de mí mismo existiendo como algo único, separado y distinto. 
   
De pequeño el "trance" me "venía" solo. Ahora he necesitado construir un contexto de racionalidad donde tiene cabida esa experiencia y desde ahí poder dirigir la atención a mí mismo.

Me siento (en una silla o butaca) y voy cerrando las puertas a mis pensamientos y acercándome al hecho cierto y único de que yo estoy ahí. No es muy difícil. Cierro los ojos y miro para adentro…, hasta que empiezo a percibir como - algo – ahora – aquí - cobra significado, existe; hasta que me doy cuenta de que me puedo “identificar” con ese algo que está existiendo. Me puedo observar y me puedo percibir existiendo. Existir, esa extraña sensación de existir que solo puedo atribuirme en realidad a mí. Y percibes lo que es la existencia... Con mayor o menor intensidad, lleno de asombro, sorprendido de poder existir, de percibirlo como una realidad incuestionable. Estoy vivo como humano.

En cualquier caso, desplazando la identificación con mi persona y superponiendo a ella mi condición de ser vivo y humano que es como ese algo se percibe (me percibo).

Cuando me percibo en esa segunda “imagen” de mí mismo - esa imagen que habitualmente permanece oculta como sucede en el caso de los estereogramas a los que me refiero - el Universo literalmente se divide en dos:

De una parte, yo que me percibo como único, separado y distinto; y de otra parte, todo lo demás.

Esa percepción de mí mismo abre las puertas de lo que verdaderamente soy. Digo yo que será ese famoso conócete a ti mismo del frontispicio del templo de Delfos.

No se trata de una experiencia mística, ni paranormal, sicodélica, religiosa… para especialistas o iniciados. No tengo más remedio que reconocerla como una facultad que pertenece sin distinción a todos los humanos, esos seres tan singulares, cuando caes en la cuenta; de la misma forma que pertenece a todos la facultad del habla.


Un Cambio de Fase. Una síntesis apresurada

Sucede que, como adelantaba al principio, nos encontramos en un momento de grandes y acelerados cambios, como todos sabemos; y, a la vez, tenemos el sorprendente privilegio de estar asomados a la cumbre del edificio de la historia humana. Nuestro presente es el de los que, por primera vez, pueden contemplar el pasado y el futuro en una extensión que nunca antes pudo ser imaginada.

El pasado, con la comprensión del trabajo de todos los que nos han precedido para ir abriéndose paso, desde la inocencia despreocupada e inconsciente de todas las demás especies sujeta inexorable y solamente a preservar su vida – y con ellas la de nuestros ancestros, ¿homo naledi?, que también tuvieron su momento – hasta hoy. Hasta este presente preñado de des-cubrimientos que no somos capaces de sintetizar desde una sola perspectiva y nos desasosiega con tanta incertidumbre, pero que nos permite sabernos extrañamente vivos sin la necesidad de recurrir a ningún mito. Ese abismo podemos contemplar.

El futuro, en el que sin lugar a dudas se avecina lo que podría llamarse un cambio de fase. Un cambio de fase impredecible en sus infinitas variantes y resultados. Pero el juego ha empezado y muchas de las cartas ya están sobre la mesa. Se podría decir que el testigo de la evolución de la vida está pasando a nuestras manos.

Obviamente este cambio de fase se va a ir produciendo paulatinamente a lo largo de cientos o miles de años en los que la humanidad podría encaminarse hacia una nueva manera de ser más evolucionada que debería llegar hasta los últimos reductos de lo humano.

Esta síntesis que estoy haciendo no aporta ninguna novedad; son millones los que ya perciben esta señal de nuestro tiempo. Basta leer y comparar los periódicos, los de ahora y, sin ir más lejos, los de hace cien o cincuenta años. Expresado de diferentes formas muchos podrán reconocer que efectivamente podemos mirar desde el alto punto en que nos encontramos, hacía atrás y hacia delante, con perspectivas que quitan el aliento. Nunca antes.

En un exceso de simplificación, yo diría que esta situación, la que nos ha tocado vivir, es el resultado de un producto singular que se ha ido consolidando en la identidad individual de los humanos en los últimos cientos de miles de años: la persona.

Con la depuración del “constructo” persona, el proceso de diversificación de las especies ha alcanzado unos niveles de diferenciación extraordinarios; imprescindibles para conseguir el Progreso que caracteriza nuestra Civilización, ese alto balcón al que me refería.

Sin entrar en detalles, se podría decir que el instinto como herramienta de conocimiento para producir supervivencia se fue desplazando en la evolución de los humanos por el conocimiento aprendido. Este desplazamiento impone, a las posibilidades de diversidad morfogenéticas, un plus superlativo. Sobre un soporte corporal, con acusadas diferencias, pero semejante, se superponen las infinitas variantes de conocimiento, sentimiento y poder imaginables: el género humano a lo largo del tiempo, todos sus individuos.

Inevitablemente la diversidad lleva aparejada la desigualdad; y la desigualdad el conflicto a todos los niveles posibles en las relaciones entre personas y grupos, en la pugna por mejorar sus propios niveles de satisfacción, en una espiral interminable. Paralela, como dos cadenas de ADN reciprocas, se desarrolla la espiral de las contrapartidas para paliar conflictos.
 
La historia social de la humanidad es la amalgama del conflicto, el sometimiento y la negociación. Y sigue siendo. Pero llegados al punto en que nos encontramos (siete mil millones de seres humanos) yo diría que la diversidad–desigualdad que ha sido imprescindible para alcanzar las cotas de Progreso actuales está mostrándose como un obstáculo inviable para la convivencia pacífica; un serio obstáculo para encontrar espacios de negociación y cediéndolos sutilmente a diferentes formas de sometimiento.
 
Sin embargo, junto con los cambios morfológicos y neuronales que propiciaron nuestras inmensas capacidades de aprender, los humanos disponemos también de otra capacidad sorprendente. Ese “poder”, eso de lo que estoy hablando.

Percibirse existiendo, no ha sido necesario - como si lo ha sido el pensamiento racional y el habla - para el despliegue del Progreso. Lo que no sé, es si esta capacidad velada no será necesaria para el siguiente paso evolutivo que cabe a nuestra especie. Por eso os estoy escribiendo.

Os estoy escribiendo porque si te apoderas de la máxima facultad que nos distingue como seres: percibir la existencia desde el extraordinario hito de la vida que somos los humanos, todo puede cambiar. No tiene más remedio que cambiar. Por decirlo de alguna manera, yo diría que es la pieza que falta. Esa pequeña y escondida pieza que está en mí y en ti - en todos: la capacidad, el “poder”, de percibirte existiendo como humano. Lo único que nos iguala; porque todo lo demás, de hecho, por más que sea semejante, nos desiguala y nos separa.

La “igualdad” entre las gentes sin distinción de sexo, raza, color, posición, etc. se viene proclamando como el recurso que puede conducir a una armonía entre los humanos sin precedentes; eso que se idealiza como un Mundo Mejor. Sin embargo, nada más lejos de la realidad que se dibuja en la experiencia personal de cada ser humano; esa que patentiza la desigualdad como la nota dominante. La que se desprende de nuestra percepción normal. Por más que “amaros los unos a los otros” sea tan deseable, no deja de ser un mandato, una ley, una contrapartida que choca con la experiencia directa y manifiesta de las desigualdades que cada uno percibe.

Como decía, estoy aventurando sobre la posibilidad de un cambio de fase del que, desde diferentes posiciones, tanto se habla. Un cambio de fase que se irá configurando durante muchos años, pero que ya se empieza a percibir y en el que aportar la capacidad de ejercitarnos en lo que nos une, lo único que verdaderamente tenemos en común, en lo que SÍ somos iguales - el de percibir, de esa forma que decía de caer en la cuenta, que estamos vivos como humanos, precisamente eso - puede ser muy necesario para neutralizar los efectos negativos de la desigualdad y de la individualidad que se desprende de nuestro ser personas que también necesariamente somos.

Esta experiencia de la que estoy hablando, de pequeño me llamaba mucho la atención, lo aceptaba como una cosa natural, como tantas cosas sin explicación que los niños integran a su modo y se olvidan. Nunca nadie me habló de ese asunto; y esa percepción extraordinaria de mi propia existencia se fue desvaneciendo entre los millones de informaciones que me llegaban del mundo, de tanta cosa que me llamaba poderosamente la atención integrándose azarosamente en el tejido de mi historia personal construyendo “mi” mundo.

Durante mucho tiempo esa percepción ha estado latente pero adormecida. Por una serie de circunstancias fortuitas he necesitado recurrir a ese extraño "poder" olvidado, y resulta que ahí está.
 
No me cabe la más mínima duda de que esto que estoy relatando es una experiencia que nos cabe a todos los humanos y que muchísimos habrán pasado por algo parecido. Sin embargo no forma parte de lo que se habla y se enseña. A mí nunca me ha llegado la noticia, por eso os estoy escribiendo.

¿Y qué se puede hacer? Yo llevo ya bastante tiempo trabajando en el tema con una cierta producción de textos y vídeos, y mi orientación principal es dirigirme a las escuelas, a los niños y a los adolescentes, para ayudarles en la estructuración de su identidad como seres humanos; que no sea solo como personas. Y necesito ayuda. Mi petición es para que, quién pueda estar interesado en lo que digo, se ponga en contacto conmigo en los términos que considere oportunos. Podría ser así:
  
1. Me interesa el tema en general, me gustaría saber más
  INFORMACIÓN GENERAL
 
 


                                                                 

2. Me interesa la orientación que pueda tener de cara a las escuelas.                                
 INFORMACIÓN ESCUELAS     
 
 






3. Me interesa saber más sobre la técnica para percibirse existiendo
   
             LA TÉCNICA
 
                                  





   


  

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